Hay que reconocer que Alemania ha sido durante mucho tiempo uno de los países europeos que más ha apoyado a la industria del videojuego. Ferias internacionales como la Games Convention o la recién nacida GameCon, políticas de apoyo al desarrollo y leyes que favorecen su difusión como parte de la cultura.
Ahora bien, por otro lado son los más duros en censurar tajantemente aquellos juegos que les parece que exceden los límites de la moralidad. Sangre verde, escenas recortadas, juegos que no se comercializan... y ahora la prohibición de jugar en público a Counter Strike. El popular juego online en el que jugamos a "policías y terroristas" para plantar una bomba o rescatar a unos rehenes.
La prohibición sólo se aplica al ámbito público, ya que se permite jugar en la intimidad del hogar. Pero la medida ya ha afectado a convenciones de jugadores como la "X-Treme tournament", que ha sido cancelada como consecuencia. El motivo que ha argumentado la administración es el de frenar desgraciados incidentes como la matanza de Winnenden (fuente), en la que un adolescente con reconocidos problemas sociales decidió vengarse del sistema asesinando a tiros a 15 personas. Escalofriante pero, ¿tienen los videojuegos la culpa?
Los medios siempre encuentran el culpable para estos sucesos enseguida: los videojuegos violentos. Vuelven locos a los niños y se lían a tiros tal y como hacen en el juego. Nadie se plantea qué clase de vida llevan los adolescentes, si están recibiendo una educación adecuada, o cómo demonios han conseguido el arma homicida. En los mismos informativos acaban de salir imágenes de la guerra de turno, el atentado terrorista o la carga de los anti disturbios en una manifestación. Pero sí, la culpa debe ser de los videojuegos.
Me gustaría que alguien hiciese de una vez un estudio sociológico en serio sobre el tema. Sobre si realmente sirve de algo la censura en una sociedad que inspira violencia de muchas más formas que la simulación bélica. Violencia también es el maltrato por parte de los padres, el acoso escolar o la propaganda de crispación política. La censura nunca suele ser una solución, sino una medida rápida y fácil para acallar el clamor popular. La solución pasa por una mejor educación y preocupación por los adolescentes. O de lo contrario, acabaremos recluídos en nuestras casas, incomunicados, para evitar recibir información del exterior que nos vuelva violento, totalmente controlados por el Gran Hermano. ¿Os recuerda a algo?